Alimentación infantil y obesidad

Clínica Matrioska

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¿Por qué nos debe preocupar?

Pues el problema no es cuestión de estética, sino de salud. La obesidad está claramente relacionada con problemas  tan importantes como la diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedades articulares e incluso con varios tipos de cáncer, entre otros. La tasa de enfermedad y mortalidad debida a obesidad es alta.

¿Y no os preguntáis cuál será el motivo del incremento tan notable de diabetes e hipertensiones infantiles? Sin duda, actualmente las técnicas diagnósticas y el conocimiento sobre estas enfermedades tienen algo que ver, pero no todo. 

Seguro que  habéis oído también que las personas obesas tienen peor pronóstico con la infección por Covid. 

De cualquier modo, resulta evidente que la obesidad es un importante problema de salud.

La obesidad infantil, además, con una frecuencia muy elevada permanece en la edad adulta. Es decir, que si tenemos un niño obeso lo más probable es que padezca obesidad en su vida adulta, con lo que eso conlleva.

¿Cuando debemos comenzar a tomar medidas?

Aunque esto os parezca lejano o sintáis que os es ajeno, no es así. Precisamente es en la infancia donde la intervención puede resultar más provechosa. 

Establecer los hábitos saludables desde el principio es básico. Si los niños los aprenden desde pequeños los interiorizan, de manera que les resultará más fácil en la edad adulta llevar un estilo de vida adecuado.

¿Y desde qué edad comenzamos con la educación en materia de alimentación?

Desde que comienzan con la alimentación complementaria. Sí: desde los seis meses. ¿Os sorprende?

Pues incluso os diría que desde antes: desde que están lactando. ¿Habéis escuchado alguna vez que no podéis tomar ciertos alimentos cuando estáis dando pecho porque le puede cambiar el sabor a la leche 

y el niño la puede rechazar? Pues debéis hacer todo lo contrario, si la leche sabe a ajo, brócoli, cebolla, etc, mucho mejor. Que el bebé comience a acostumbrarse a distintos matices.

Cuando empecemos con la alimentación complementaria, debemos introducir una dieta equilibrada y mediterránea. Y no olvidéis que los niños imitan. No nos vale de nada intentar que ellos coman verduras y frutas, por ejemplo, si nosotros no las tocamos.

Recuerdo que era muy pequeña y mi madre,  después de darnos una comida completa y riquísima a mis hermanos y a mí, se sentó ( a darse un respiro, ahora lo sé) y cogió una manzana. Yo había comido ya algo más apetecible que una manzana, pero esa manzana , como se la iba a comer mi madre, me pareció lo más delicioso y deseable del mundo y hasta que me dió un mordisco no paré. Era lo que iba a comer ella, por lo tanto, tenía que ser lo mejor.  

Tenemos dos problemas principales: por un lado el sedentarismo al que están sometidos hoy en día nuestros niños y por el  otro, la alimentación, en la que han tomado protagonismo los almuerzos o meriendas rápidas y poco saludables.

Con ambos debemos entonar el “mea culpa”. No podemos esperar que los cambios vengan de las entidades públicas (que también), como los colegios o los centros de salud, y no asumir nuestra responsabilidad. 

Sabemos que nuestros niños hacen menos ejercicio, no juegan en la calle como hacíamos nosotros al salir de clase. La tablet, ordenador, play, televisión y móvil les han robado el interés por jugar con los amigos al pilla-pilla, al fútbol, al mate,…

Las extraescolares van más dirigidas a cultivar la mente que el cuerpo. Los idiomas y la música son un gran estímulo para el desarrollo intelectual de los pequeños, pero no nos olvidemos del deporte, igual de necesario. “Mens sana in corpore sano”.

Os aseguro que los niños prefieren jugar en la calle que estar sentados con cualquier dispositivo electrónico en casa, pero se les olvida. Hay que darles un empujoncito.

¿Y la alimentación?

Debemos reducir la cantidad de grasas y azúcares y aumentar fruta, verdura, legumbres y productos integrales. Eso lo sabemos todos.

Pero vamos a pararnos a analizar algunas cosas.

Cuando empezamos a introducir la fruta, ¿cómo la introducimos? .Parad un momento antes de seguir leyendo. ¿Ya? Si no lo sabéis vosotras, preguntadles a vuestras madres y la respuesta va a ser esta: media pera, medio plátano, el zumo de una naranja y una galleta tipo María. ¿A que sí?.

 Bueno ¿y qué tiene eso de malo?.

 Pues que ¿a cuento de qué hay que meter en la papilla de frutas una galleta María? , ¿Por qué, cuando estamos enseñando a los niños a que se familiaricen con sabores nuevos, tenemos que disfrazar los alimentos con azúcar? 

Para que ellos no los rechacen por encontrarlos ácidos, me diréis, porque están más ricos con un pelin de azúcar, ¡Pero si no conocen el azúcar!  ¿Cómo lo van a echar de menos si no lo conocen?. 

¿Qué pasa, por ejemplo, con las fresas? ¿Cuántas os coméis las fresas con azúcar o con nata? Si las fresas están buenísimas, dulces, sabrosas…¿por qué se crea la necesidad de echarles azúcar?

 ¡Pobrecit@, se las va a comer sin azúcar! ¡No conoce el azúcar! , ¡Las fresas ya llevan fructosa!.

El vaso de leche del desayuno y merienda: ¿Con cacao azucarado?, ¿Con una cucharada de azúcar? ¿Por qué? ¿Ellos saben que la leche para que esté buena debe llevar algo más? ¡No! ¡No lo saben!. Conocerán lo que vosotras les déis. La leche, es leche. Blanca: sin nada añadido. Y está buena.

Y ese zumo de naranja que le hemos añadido al puré de frutas, !cuidado!, tiene casi tanta o más azúcar que un refresco y no cuenta como una fruta. De hecho, no se aconsejan los zumos de frutas aunque sean naturales si se pueden sustituir por una pieza de fruta natural.

Les estamos creando necesidades que no tienen, porque no conocen el azúcar, no conocen las galletas, ni el chocolate, ni las harinas refinadas,… Con lo cual, no lo pueden echar de menos.

Cuando comenzamos con la alimentación complementaria, el objetivo es que se familiaricen con los alimentos. Que aprendan y se acostumbren a sabores nuevos, que los acepten tal y como son. Y así comerán toda su vida: unas fresas enteras, sin nada más, una manzana a mordiscos, una pasta integral, un pan integral y de barra, no de molde, la leche sola, el brócoli… Comerán con la más absoluta normalidad aquello a lo que les hayamos acostumbrado desde los seis meses.

Pero no estamos sol@s y vivimos en un mundo que nos empuja a ir con prisas a todos lados.

 A veces me sorprendo a mí misma gritándole a los niños: !Corred, corred, que llegamos tarde!, para luego pararme a pensar unos segundos y darme cuenta de que no, de que ese día no llegamos tarde a ningún sitio porque después no “toca” nada.

 Pero la prisa y el estrés están metidos en el cuerpo. Y ese es el punto débil por donde nos ataca el almuerzo/merienda basura. Echas algo rápido a la bolsa y listo: ¡A correr!

Un zumo de cartoncito, con su pajita de plástico, y un dulce embolsado, con su aceite de palma y su azúcar refinado en cantidades ingentes.

Un día que llevaba a mi hija a clases de danza clásica, vi a una compañerita de ella esperando en la puerta. Cinco añitos tendría y obesidad importante;

  • !Qué bien, mira cómo su madre la lleva a hacer ejercicio!– pensé. Acto seguido, su madre le saca la merienda de la bolsa: un zumo de cartón y un kinder bueno.

 

Y luego está la publicidad…: 

  • Biofrutas ( BIO y FRUTAS: no puede ser malo)
  • Refrescos con zumo de naranja exprimido (¡Si hasta llevan zumo natural!).
  • Bebidas isotónicas (para reponernos e hidratarnos tras esfuerzos).
  • Mi Primer Yogur ( ¿no le vamos a dar lo mejor al bebé al empezar a tomar yogur, si pone que tiene que ser primero, antes del yogur habitual?),…

Y así un lista interminable. 

La cantidad de azúcar de esos productos es tan brutal y su contenido nutricional tan pírrico, que debería estar prohibido el uso de esa publicidad subliminal engañosa.

Para beber y quitar la sed: agua. Para tomar fruta: fruta.

Un poco más arriba he mencionado que no estamos solos. Efectivamente, la presión social también tiene su parte de culpa: “¿Es que no les dejas tomar refrescos?”; “Por un bollo no pasa nada”; “mira esta, no les deja a los niños tomar de nada”. Pues no, ese tipo de productos no debe formar parte de la dieta diaria. Tampoco hay que ser extremistas, por un día no pasa nada, una celebración especial, un momento de debilidad,… pero no por norma.

Mis niños llegaron a casa un día diciendo que no querían llevarse más de almuerzo al cole pimiento, pepino ni zanahoria, porque los demás niños les llamaban “conejos”. Que preferían llevarse galletas tipo Oreo como los demás. Cada una utilizaréis vuestra propia estrategia. Yo les contesté que ellos no iban a padecer cáncer de colon en el futuro. Les sirvió la explicación y no han vuelto a quejarse. De hecho, la utilizan ellos mismos cuando se sienten en la obligación de justificarse. 

Algunos compañeros ya han probado su almuerzo ¡Y les ha gustado, mamá! !Les van a pedir a sus madres que se lo preparen a ellos también! 

Debemos cultivar un poco la responsabilidad social.

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